Son pocos meses, pero cambias

Todavía me acuerdo de aquel día de septiembre. Amanecí antes que el sol y nos dirigimos al aeropuerto. Mi corazón palpitaba un poco más rápido de lo normal. Una nueva aventura estaba a punto de comenzar. Por un lado, estaba entusiasmado con la idea, plantarme de repente en un país casi desconocido para mi era una auténtica locura pero me moría de ganas de probar algo nuevo. Por otro lado, siempre estaban los miedos de siempre. ¿Me adaptaré? ¿Me gustará? ¿Cómo será la gente? No obstante, la experiencia me ha enseñado que es inútil hacerme esas preguntas si luego no soy capaz de comprobarlo por mi mismo. Puede que debido a este pensamiento me haya lanzado de cabeza, sin ningún paracaídas, a diversas aventuras que han resultado ser unas de las más satisfactorias.

Los primeros días estuve conociendo a más gente de la que mi memoria podía recordar. Bueno, en realidad sí que me quedaba con todas las caras, pero lo de los nombres es otra historia. Como es lógico, muchas de esas personas se han convertido en conocidos, otros en amigos y otros simplemente en familia. Sí, porque aquí no están tus padres para llevarte al médico si te pones enfermo y no te puedes ni levantar de la cama, aunque hay tantas razones más que me sería imposible enumerarlas todas. Gracias a ello, creas lazos más estrechos con gente que hasta hace unos días habrían sido unos simples desconocidos si te los hubieses cruzado por la calle. Es increíble, pero sí, es cierto.

¿Sabéis? ¿Cuántas veces nos habremos quejado de que no tenemos tiempo suficiente? Aquí, este argumento es valido en raras ocasiones. Cuando estaba en casa, hace tiempo, tenía la sensación que siempre tendría tiempo para hacer tal o cual cosa. Sin embargo, cuando sabes que estás fuera por un tiempo limitado sabes que después de esa fecha todo lo que hayas querido hacer ya no será posible. Y al menos a mi, me obliga a moverme mucho más, me apunto a más planes de los imaginables. Estoy convencido de que cuanto más viajas, eres más consciente de la fugacidad de todo y tiendes a aprovechar mucho las oportunidades. Aprendes a desechar la palabra pereza del diccionario.

Ahora mismo estoy sentado en el aeropuerto, reflexionando sobre esta experiencia y aporreando el teclado mientras espero al siguiente vuelo. Han pasado ya unos pocos meses y aunque se me haya pasado rapidísimo vuelvo con mil anécdotas que contar, con un montón de amigos más y por supuesto con decenas de imanes para la nevera de todos los sitios a los que he ido.

“…is now boarding, all passengers please proceed to the gate.”

La voz de megafonía del aeropuerto ya nos está llamando y aunque todavía tenga muchas más cosas que contar lo tengo que dejar aquí. Apenas faltan unas horas para estar en casa de nuevo y ver a los de siempre. Porque por muchos Skype que haya de por miedo, nada es comparable a quedar para tomar un café en el bar de toda la vida.