Nos levantamos. Sabíamos desde la víspera que hoy iba a ser un gran día. Para comprobarlo, miramos la webcam de la playa, ese invento que te permite ver el estado del mar a todas horas. Y efectivamente, hoy merece la pena ir al agua. Nos juntamos un grupo de amigos y nos dirigimos a una playa cercana, pero no la de siempre. Siempre permanecerá el sentimiento ese que te obliga a explorar y probar cosas nuevas.
Al cabo de un rato conduciendo, llegamos y observamos el panorama. Hace un día soleado con el cielo azul azul. Parece verano. En la arena se amontonan un número incalculable de familias. Todo el mundo ha decidido salir a aprovechar los primeros rayos de sol. Y lo mas importante, el mar parece que tiene fuerza. Justo en frente de esa roca rompe un ola majestuosamente. Al natural parece mucho mas inmenso y las sensaciones se amplifican.
Nos cambiamos. Cogemos las tablas y bajamos las escalerillas corriendo. Teníamos que ir zigzagueando porque ya empezaban a acumularse los cubos, las palas, los cubos de arena… En poco tiempo llegamos a la orilla y ¡al agua patos!
Empezamos a remar, enseguida percibo que el agua ya no está tan fría como antes. Vamos rumbo a la rompiente con unas ganas inmensas. En el pico se encuentra un grupo de personas, unas diez mas o menos. Les saludamos de manera educada pero ellos nos ignoran. Nosotros nos miramos raro pensando que personas mas antipáticas y seguimos a lo nuestro. Se acerca una ola, me preocupo por mirar a los lados, verificando que no hay nadie mas y que tengo preferencia. ¡Todo perfecto! Me lanzo, estoy de pies, y de repente se sube uno delante mío. En un alarde de chulería, me mira, y sigue a lo suyo. Yo tuve que frenar y me llevó la espuma, con todos los revolcones que eso conlleva. Cuando volvió, le pregunté a ver si le parecía normal y si tenía intención de disculparse. A lo que él responde que lleva mas de veinte años bañándose ahí, creyéndose que eso le daba el derecho suficiente para hacer lo que se le ponía en la punta de la nariz. Todos sus compañeros parecían apoyarle, compartían su opinión.
Yo no era el único al que le había pasado, gente del grupo con la que iba sufrió escenas parecidas. Es mas, otra vez nos dijeron que nos fuésemos a la otra punta de la playa donde no había ni una mísera ondulación, parecía un espejo. Por supuesto, no les hicimos caso y nos quedamos, pero bastante incómodos. Las situaciones anteriores se repetían, y teníamos que “cederles” forzosamente sino queríamos recibir un tablazo en toda la cara.
Un compañero, harto con la dominación que ejercían, decidió remar una ola y no parar, aunque alguien se colará. Esa acción resultó en una pequeña disputa, en la que uno del grupo de los asiduos de la playa le sujeto con la intención de pegarle. Tuvimos que intervenir para separarles. La única persona que hablaba, sería el portavoz de las demás o algo por estilo, nos aconsejo que nos fuéramos a casa por nuestro bien.
Dado que no teníamos ninguna gana de entrar en su juego y pelearnos nos fuimos, dejándoles mas solos que la una. Eso sí, salimos del baño con un sabor agridulce. Es increíble el poder que tiene el localismo en ciertas zonas. Pero no nos iban a amargar el día! Nos movimos a otra playa cerca y todos muy respetuosos y amables. Da gusto cuando hay buen ambiente.
Aprovecho para decir que la publicidad, el marketing y muchas influencias están tratando de convertir este deporte es algo muy competitivo, cosa que va contra la esencia del surf: practicarlo por puro placer.

