bip,bip,bip bip,bip,bip Domingo, 5 de la mañana. Apago el despertador rápidamente para no despertar a los demás que duermen plácidamente. Me levanto con cuidado para no hacer ruido. Me asomo a la ventana y descubro un mundo paralizado, a parte de los pájaros que están cantando en el tejado, donde no ha salido ni el sol, pero que tiene su encanto. Sin dudarlo, me dirijo al baño y la veo allí, pidiéndome a gritos un baño de agua salada. Ais, pienso, que momentos he vivido contigo. Me pongo el neopreno a toda prisa, dejando de lado los escarpines y los guantes, con los que he sobrevivido al duro invierno pero que ya no me hacen falta. ¡Estamos en primavera!
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A medida que voy dando la ultima curva, va apareciendo el horizonte y… la playa! Mi estomago se encoge, como si fuese la primera vez. Una brisa leve recorre mi piel, alborotandome los pelos. Me quedo un rato admirando el esplendor del paisaje, la tabla bajo mi brazo. Esa playa, como si fuese un sitio para refugiarte del mundo exterior. Esa arena blanca, que se escapa lentamente entre tus dedos. El mar, con ese color azul, invitándote a ir con el y por supuesto esas olas, lejos de ser perfectas, pero que a ti te parecen las mejores. Primero, las ves venir, haciéndose mas grandes poco a poco, como si fuesen creciendo, y finalmente después de llegar al punto mas alto se derrumban en la orilla formándose una espuma blanca, la única prueba de su existencia. Después, en cuanto chocan contra las rocas, saltan esas gotitas compitiendo por llegar a lo mas alto.
Finalmente, bajo las escaleras y mis pies tocan la arena, esa arena que te hace cosquillas y te da la sensación de estar flotando. Sigo andando, y de pronto empiezo a correr al agua, la tabla siempre fiel bajo mi brazo y entro salpicando al agua alegremente con una sonrisa de lado a lado. Miro atentamente ese pico, que parece haber surgido de la nada, y empiezo a darme cuenta que ese madrugón no es un sacrificio, sino que verdaderamente vale la pena. Esos montículos de agua que te alegran el día. De pronto, me pongo a remar con ganas, con la vista fija en mi objetivo y con un gusanillo en el estomago. La tabla y yo, como si fuésemos uno, vamos avanzando, subiendo y bajando. De pronto, viene una ola, maravillosa, con ese viento que le hecha para atrás, ahuecándola. sigue avanzando y finalmente rompe a pocos metros delante de mi. Yo, me preparo para el primer pato del día. Hundo la punta con mis dos brazos y después sumerjo la parte de atrás con el pie y siento la ola que pasa encima mio. Después, salgo propulsado hacia la superficie. Sigo remando, la cabeza fresca y las gotas resbalando por la cara. sigo así un rato y finalmente llego al pico.
Aunque tenga unas ganas locas de coger una ola, me siento encima de la tabla para descansar un rato. Me pongo a mirar al cielo, que poco a poco va aclarándose, en el paseo marítimo no hay nadie todavía. Todo el mundo duerme… salvo yo. Admiro toda esa belleza que la gente ignora, ya que está durmiendo. Todos se pierden esa sensación extraña, pero gratificante, de estar en el agua esperando al amanecer. Después de descansar un rato, digo que ya es hora de coger la primera ola. Ya la veo venir, allí a lo lejos, como si me hubiera leído la mente. Se acerca despacio. Yo remo para posicionarme en el mejor sitio y empiezo a remar. Ya está ya viene! Me empieza a elevar, sigo remando y llega un momento en el que ya no hace falta porque me lleva ella sola. Siento su fuerza bajo mi tabla. Apoyo las manos en la tabla y ¡zas! ya estoy arriba, cabalgando encima de la ola. Bajo hasta abajo y siento el aire fresco en mi cara. Enseguida giro hacia la izquierda y subo por esa preciosa pared, que reluce como un espejo. Hago otro giro y al levantar la tabla sale el agua disparada por debajo con un ruido de velocidad que me anima a seguir. Voy subiendo y bajando por la pared mientras va rompiendo la ola. En ese momento, siento la libertad. Si, soy libre! Solo importan la ola y yo. Llega un momento en el que la ola empieza a romper mas rápido y sin querer me meto en el tubo. Tengo una visión fabulosa. Al final del tubo veo ese cielo alumbrado por los primeros rayos de sol del día. Finalmente, salgo de la ola y me siento como nuevo.
El sol ya va apareciendo por detrás de la colina y el mundo se pone en marcha poco poco. Una persona está paseando a su perro en la orilla. Los ruidos de los motores de los coches se hacen cada vez mas intensos. Y yo sigo en el agua, disfrutando todo lo que puedo porque se que luego yo también tendré que cruzar esa linea delimitada por la playa para adentrarme en el mundo real, donde predomina el estrés, las prisas, las ataduras… Pero no me importa, porque se que la playa no se va a ir, siempre va a estar ahí. Mientras la gente dormía, yo he visto el amanecer, he cogido olas y he vuelto a casa sin que nadie se enterase. Todo el mundo tiene esa cara machacada por las obligaciones pero yo en esa cara tengo una sonrisa de lado a lado que nadie va a poder quitarme.